Corría el año 1575 cuando llegó a Sevilla Santa Teresa de Jesús, cansada y enferma, después de un largo viaje a través de Sierra Morena. En nuestra ciudad fundó el undécimo convento de Descalzas, dentro del proceso de reforma del Carmelo emprendido por la santa y que tantas tribulaciones y esfuerzos le supuso. La primera fundación estaba repartida entre las calles Armas y Pajería, actuales Alfonso XII y Zaragoza. Poco después, tras vender los inmuebles anteriores y con la ayuda de su hermano Lorenzo de Cepeda, Santa Teresa adquirió unas edificaciones del barrio de Santa Cruz en el actual número siete de la calle actualmente con su nombre, para ubicar allí la nueva fundación desde abril de 1576.
Estas casas pertenecían al banquero Pedro Morga y conformaban un palacio renacentista construido alrededor de un patio de columnas de doble altura, y que se conserva casi en su totalidad integrado en el actual conjunto monumental del cenobio. Esta primigenia construcción destaca por su extraordinaria calidad ornamental, muestra de la maestría de los artífices que realizaron las techumbres y artesonados de raigambre mudéjar, los paños de azulejos, la decoración pictórica con motivos de candelieri, las celosías con reminiscencias goticistas y los frisos con relieves propios de la ornamentación más puramente renacentista.
Al ir creciendo el convento se fueron adquiriendo casas vecinas y solares colindantes con el antiguo palacio y se comenzó la construcción de la iglesia en 1603 según las directrices del maestro mayor Vermondo Resta y dentro de un estilo de transición entre el manierismo y el barroco. El templo se consagró en 1616 aunque no quedó concluido hasta dos años más tarde.
Durante ese período se llevaron a cabo también algunas de las más importantes obras artísticas que atesora el convento, como pinturas murales y retablos. Figuras de primer nivel artístico del momento dejaron su legado, como los pintores Luis de Morales y Herrera el Viejo y los escultores Juan Bautista Vázquez el Viejo y Juan de Mesa, cuya obra principal a destacar es la Inmaculada Carmelita del retablo mayor, de singular belleza y datable hacia 1610.
Al tesoro artístico hay que añadir el legado histórico, como prendas personales de la fundadora, un ejemplar autógrafo de Las Moradas y otros regalos como la Cruz obsequio de San Juan de la Cruz, quién también acudió a colaborar con la organización del Convento en 1586.
En cuanto a la fachada principal se observan en ella dos partes diferenciadas, las correspondientes a la Iglesia y a las dependencias conventuales. Del templo destaca la portada, situada a los pies de la única nave. Es de sencilla estructura adintelada inserta en un arco rehundido sobre el muro, sobre dos ménsulas con rostros antropomórficos algo deterioradas, quizás procedentes del antiguo palacio. El elemento más sobresaliente es un voluminoso tejaroz con estructura de madera cubierto por tejas y apoyado por roleos de hierro forjado. Este conjunto debió ser realizado hacia 1635 y conserva en su interior unas pinturas en regular estado. Sobre el dintel la Inmaculada Concepción entre monjas de la Orden y a los lados San José y Santa Teresa. Bajo el tejadillo a los lados dos cartelas con sendos símbolos de San Elías, la espada flamígera y el libro abierto, figurando en el centro el escudo carmelitano y la paloma del Espíritu Santo entre cabezas de querubes. Se da la curiosa circunstancia de que por esta puerta salió el Martes Santo de 1924 la cofradía de Santa Cruz a realizar su estación de penitencia por las obras de ensanche de la calle Mateos Gago que impedían la salida desde su sede canónica en la parroquia del barrio. La parte superior de la fachada de la Iglesia es muy sencilla y tiene la forma triangular de la cubierta a dos aguas que la cubre, y en el centro un vano rectangular ciego rematado por un frontón curvo sobre el que se sitúa una cruz de hierro.
Por otra parte la portada principal del Convento también tiene una composición adintelada, sólo decorada en su parte superior por una bella pintura mural rehundida sobre el muro, donde figura una cartela con el escudo de la Orden Carmelita sujeta por ángeles. Su estado de conservación es bastante regular. Sobre ella una ventana con herrajes forjados.
El resto de fachadas del edificio siguen el estilo típicamente conventual de muros encalados y vanos escasos y pequeños, así como zócalos y cornisas resaltadas en color almagra, como el marco del azulejo situado en una esquina superior, copia del retrato de la Santa fundadora realizado por Fray Juan de las Miserias que se conserva en la clausura, realizado por la fábrica de Cerámica Santa Ana en 1976. Como otros muchos edificios de la collación, la parte inferior de los muros están reforzadas con antiguas ruedas de molino de piedra como protección para el paso de carruajes, así como fustes y capiteles de acarreo con probable origen romano.
El resto del interior conventual tiene múltiples estancias como resultado de la evolución del uso a través de los siglos, como diversos patios relacionados con distintos usos. Destaca por su singularidad el llamado patio de la bóveda, llamado así por la cripta donde están los enterramientos de las religiosas de la comunidad. Tiene también en la parte trasera un bello jardín, con parterres, árboles y plantas ornamentales.





















